sábado, 3 de julio de 2010
viernes, 2 de julio de 2010
Arrojó el cigarrillo al suelo. De entre las calderas, el ruido salía insoportable. Sumió sus manos en el abrigo y avanzó hasta las sombras (apenas perceptibles al instante en que el fuego consumía el carbón) paleando sin descanso. Sacó la navaja y se la enterró sin reparo en la garganta. Cayó en un monte de carbón. Cuando uno de los paleros notó el tamaño de aquello, tuvo que ser asistido por un compañero -o tal vez lo hizo solo, no recuerda- para arrojarle al fuego. Era el capitán y el barco navegaba ahora sin ruta y sin meta, impulsado por los cuerpos de su tripulación, uno a uno, arrojándose al fuego.
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