jueves, 12 de junio de 2008

Extraña Fijación


De permitirse el único momento tranquilo en su vida, creo que Suzano escogería el día en que posó sus ojos sobre aquella tierna creatura que como madeja de estambre se alargaba y encogía en los brazos de su padre. Pero quién había de creer que Suzano no escogería ese día por la carga de ternura que era tener a la misma creación inmaculada de frente, sino por que al pararse a lado de ese mismo padre le daría por injuriar con toda la maldad de la que se creía capaz[1] y hacer parte del infortunio maldito que hacinávale la desgracia de la que se tenía por acreedor no sólo a la niña, sino a la misma creación infinita.
Profesar ciertas afinidades, contener gustos o ideales, creo es una de las formas en que la vida puede llevarse. Para Suzano el cometido era otro. Superar la constancia de lo verdadero lo hacía poder llevarla.
Cuándo prefirió pasmarse ante lo que sucede y postergar su existencia a una simple razón justiciera[2] ya tenía en mente dos cosas bien claras: 1. Se permitiría sólo la cercanía humana mientras los acercamientos no fueran privados, es decir que rechazaría todo conato de proximidad, de privacidad, de compatibilidad.

Cerciorarte de que las cosa pasen como deseas implica voluntad y Suzano la tenía; a sus veintiocho años podía desenvolverse a su gusto a sabiendas de que el camino que seguía terminaría derrotándolo como el pequeño temeroso que era. Esa era su verdad, jamás se había desenvuelto bien ante los demás sólo por la vergüenza que le daba ser enjuiciado por alguien más que él.
De amores o romances podía descartarse su vida. Algo más la llenaba ahora, y ello no tenía nada que ver ni con hombres ni con mujeres ni con nada que se le pareciera.

La segunda cosa que mantenía clara en la vida era que todo podía postergarse; que el afán por realizar proyectos o mantener una estabilidad creadora podía ser aplazado. En verdad que era improductivo, más su improducción se acotaba a las normas de radicalidad adscritas al fuero de un anarquista, de un egoísta, aunque sus rasgos eran menos notables que los de aquellos; menos revoltoso.

La noche que pensó suicidarse le faltó valor. Bajó a las vías del expreso y caminó por la orilla hasta llegar a la otra estación; más en el camino no accionó la última parte de su pensamiento, la suicida. Recorrió el trecho con la mirada ausente, sólo dando cuenta de las pequeñas luces neón que alumbraban el camino, desperdigadas, una aquí, otra a treinta metros. Salió de las vías subiendo las escaleras que son utilizadas por los trabajadores de noche. Las subió después de haber visto pasar seis trenes que no lo intimidaron.
Esa noche, cuando, ya arriba, en la estación, contemplando la dicha de un padre recién llegado con su niña de brazos, risueña y apremiante, Suzano tuvo un destello, no de lucidez ni de confianza, ni mucho menos de añoranza, lo que Suzano alcanzó a comprender fue que la permanencia, su permanencia, podía estar conectada con la percepción de las muchachas de color como aquella que se jaloneaba en los brazos del bienaventurado padre. Fue algo así como una revelación, tal vez incitada por un transe que no había notado pero del que se hacía conciente a partir de la imposibilidad de matarse. Estaba alucinando, era un delirio.

Jugó a poner atención, a cerciorarse de los movimientos de la pequeña y a interpretar la inmaculada conciencia que los provocaba; quedó encantado, fascinado, pues creía poder entender a la niña, creía poder posicionarse detrás de esa pequeña conciencia, hacerle sombra y mirar (si es que se podía mirar una conciencia) los pensamientos de aquella; en verdad que lo disfrutaba, el shock previo lo había dispuesto a la hipersensibilidad; comer, ella quería comer, y que la levantase por los aires, eso quería mas que nada. Podía ver cuan grandiosa era la percepción de las cosas de la niña.

El padre la cumplía, la consentía y ella no cabía en el pequeño cuerpecito del que era dueña ahora, así que hacía todo lo posible para que su metabolismo diese todo de sí y se reprodujera de la manera más rápida posible con la esperanza de hacerle crecer, de poder tener más espacio para disfrutar de aquello que no cabía en su pequeño cuerpecito. Sintió la felicidad de la niña y concretó que nada lo sacaría de allí. Que desde ahora ese sería su refugio y que ninguna de las cosas del exterior lo haría regresar a esa vida de maldición de la que creía haber escapado. Poner freno al tiempo y esconderse de su insoportable futilidad, eso creía estar consiguiendo; la premisa de todo aquello rompía con los estándares de inactividad a los que dedicaba su vida, pero no parecía estar angustiado por el cambio; mejor aún, previniendo toda posible complicación optó por concluir con aquello, por determinar su eterna asistencia detrás de la conciencia de la pequeña. Ja ja, y lo hizo saben, regresó por última vez a su decrépito cuerpo, sitió por última vez su enfermedad, lo jaloneo por última vez hasta la línea de seguridad y la traspasó.
En el momento antes de que su cuerpo recibiera el choque de electricidad de las vías, él ya estaba de espaldas a la escena, detrás de la conciencia de la niña a la que su padre sacaba del andén con los ojos cerrados.


II

Habiendo subido al vagón, Roberto sintió el calor de la gente y se asqueó. Separó las piernas para lograr una mejor postura que le permitiera no agarrarse del pasamanos. Le repugnaba que sus manos tuvieran contacto con el infecto vagón; es más, nunca se sentaba. Prefería recorrer las 17 estaciones diarias y las otras diecisiete[3] de regreso parado, pues no soportaba tener contacto físico con algo más que no fueran las suelas de sus zapatos. Esta vez el vagón se encontraba a media capacidad; hasta había unos cuantos lugares. A Roberto le gustaba fijarse en estos detalles, pues su curiosidad en el comportamiento de las personas en el espacio cerrado del vagón, en el gusano eléctrico como el lo llamaba, era lo único que podía ayudarle a soportar tener que regresar día a día nuevamente hasta él. Cómo habría de convencer a la inoportuna madrecita que tenía en casa de que lo que él hacía lo hacía por gusto. No había forma, pues aquella siempre tendría su idea de que lo que el hacía era una manda, una manera de hablar con dios para que perdonara los errores cometidos por ella antes de parirlo[4].

A él aquello lo asqueaba, tanto más que proviniese de su madre, pero no podía remediarlo, la facilidad de conseguir un departamento propio le estaba negada siendo el paria mal pagado que jamás dejaría de ser. La preocupación por su madre pasó y él pudo regresar a ser el vouyerista que le encantaba ser.
En el vagón la mayoría de los ocupantes eran personas de la 3a edad o próximas a serlo. Ninguna cachorrita, ni mucho menos una parejita de enamorados que con sus salivazos activasen la libido robertiana de fijación múltiple. Que asco, se repitió; miró de derecha a izquierda hasta que sus ojos se posaron al centro del pasillo por donde cómo araña manca se arrastraba aquello, no pudo contener la secreción bílica al ver ese despojo humano: tenía…. bueno, mejor decirlo, no tenía piernas… sino que en su lugar había otras dos manos aún más agarrotadas que aquellas con las que a duras penas se arrastraba por el suelo del vagón. A Roberto le pareció que aquello dejaba una mancha de pulsión en el suelo; qué tras su paso, aquello dejaba el suelo palpitando; qué por donde pasaba, el polietileno -del que estaba hecho el suelo- se fundía como tocado por un objeto incandescente...
Mantuvo la mirada en esa cosa, la bilis le había reventado y su liquido subía ya por la garganta haciéndolo sudar frió y contraerse por el asco. Que más da, se dijo cuando aquello estaba pasando por frente de él, y dejó de contener el repugnante buche de bilis que inundaba su boca. Ja ja ja. Todo aquel despojo humano quedo impregnado del liquido de su bilis, ja ja ja, y no sabía que hacer, se quedo pasmado, como pidiendo a dios que no fuera cierto, que lo dejase de castigar ya; ja ja ja.
Y Roberto que cagándose de risa era visto por todos los pasajeros, y el despojo humano que no podía creérselo. Y yo, que desternillado de la risa me agarré la pija y no pensando en nada me levanté de mi asiento y corrí hasta el desecho y lo regué con mi orina contenida… jajaja.


III

Comprendo que la situación no es oportuna señores, pero una cosa quiero decirles, cuando salgan de aquí y lleguen a sus casas con sus esposas piensen muy bien que las tendencias no son ningún cable de corriente al que se puede uno colgarse para recibir energía siempre y cuando se tenga un alambrito con el que enchufarse.

Alguno de los coempresarios de la firma pudo seguir aquello hasta la eternidad, pero el malestar era generalizado. Confabulando, seguro que lo estaban haciendo. Se despidió al aire y se levantó de la mesa. Cómo había añorado las dos horas de la junta ese momento. Fácil, todo aquello sería tan fácil, con dos personas que estuvieran de acuerdo Vilano perdería su trabajo. Mejor así, se dijo, y pulsó el botón de acceso al elevador. Ya en el sótano-estacionamiento, optó por perderse entre las sombras para darse un pinchazo. Si había de perder todo, por que no perder de una buena vez la compostura. Abrió el estuche secreto de su portafolios y sacó liga y jeringuilla.
Logró serenarse[5].
Subió a su porche y condujo por entre las esquinas de la oscuridad con las luces apagadas hasta alcanzar a ver la rampa de salida iluminada por luz artificial. Manejó sin percatarse de ello por unos minutos y cuando reaccionó pisó el acelerador de la maquina frente al acceso a la autopista chamapa-puebla. Nadie lo esperaba, ni en la ciudad ni en puebla, pero su velocidad parecía decir lo contrario. La firma le daba lo mismo, él podía vivir lejos de su fuerza y conseguir un mejor puesto. Cuando no sabía que hacer iba a puebla, se detenía a un costado de la ruta de acceso a la ciudad, bajaba del auto y caminaba por la terracería hasta que el efecto de la heroína lo dejase.
Llegó antes de lo pensado, aquello se estaba volviendo cada vez más cotidiano; puso el freno de mano pero no salió. Pensándolo bien, se dijo, no se que podría encontrar aquí. Sofocó su respiro y permitió que la desesperación lo abordase. Qué más da cuando no se tiene donde ir, que más da donde ir.
El efecto estaba redimiendo y la ansiedad de adicto[6] llegó por mediación del rugido de un doble remolque que pasó bufando por la carretera. Vilano decidió que esa noche la pasaría en un hotel de la ciudad. Sus venidas eran cada vez más consecuentes, pero nunca había tenido que quedarse en puebla.

Por lo menos hasta no estar cómodo no se volvería a pinchar. Si fuese un día normal ya estaría de vuelta sobre la misma carretera con dirección a la megalópolis; pero no se sentía normal, se sentía cada vez más desesperado. Entró en el primer poblado que encontró. Nunca supo si ya estaba en el centro de puebla o sólo en uno de sus asentamientos aledaños. Alargó las calles con el transitar de su maquina y se detuvo frente al letrero en neón rosa mexicano “La chorreada” motel 24 hrs. Se detuvo con toda tranquilidad pues no había más carro que el de él en la angosta avenida. La ventanilla de bajo el letrero pareció destellar un momento y un operativo se puso en funcionamiento. La cortina de uno de los garajes cedió y comenzó a ser absorbida por el techo, a lo que Vilano tomó por estar siendo recibido.
Ya con la maquina dentro, Vilano no dio cuenta de cuando se cerró la cortina; no le prestó atención pues su necesidad de llevarse la dosis a la sangre era más apremiante. Un tipo con cara de soquete y pantalón de cuero bajó por un acceso que se encontraba arriba de la cortina y al cual era imposible de ver o de acceder cuando se estuviese permitiendo entrar. Bajó por unas escalerillas a todas luces sobrepuestas y que hacían desconfiar la estabilidad. Se presentó como Rogelio Rueda, dueño del Motel y al que pocos habían tenido el gusto de conocer pues acababa de llegar de los estados del norte, en donde nació, creció e hizo fortuna. Más ahora buscaba estabilidad y refugio en el país de sus padres; el negocio no daba mucho, pero no le importaba, lo único que quería era dar “refugio a los forasteros en su peregrinaje al norte o a donde sea que fuesen”; esas fueron sus palabras, y Vilano no entendía por que le contaba todo aquello, si lo único que él quería era un lugar para pincharse y derrumbarse y, tal vez, por que no, morirse de buena gana.

Rueda podía seguir dando tumbos por ahí, él no podía ni quería evitárselo, pero por favor, que ya lo dejase en paz. No venía por razones de afecto ni en busca de nada que lo comprometiera, Vilano sólo quería desaparecer del rango de alcance de su corporativo. Quería ser invisible para sus radares y poder pensar un poco en él y en nadie más. Ni campañas de promoción ni vidas acomodadas, el sólo quería llevar su esquelético cuerpo, despojo de carne humana, hasta un hoyo donde la luminosidad de la fama y del dinero no llegase. Accedió a las peticiones de desayunar junto a Rueda por la mañana sólo para que se fuera. Esperaba descubrir por la noche como se activaba el dispositivo de la puerta para huir antes de volver a verlo…
Cuando por fin aquel salió por la imposible puerta, Vilano entró en la habitación y se dejó caer en el ancho de la cama, bocabajo, como un chiquillo que pretendiera una travesura, con su portafolio en mano y la liga ajustada sobre el codo derecho. Aunque preparar la descarga no le llevó más de un minuto, apenas pudo acertar en la vena hinchada, pues sus nervios se habían derretido con el fuego de la espera.

Mirándose los dedos Vilano encontró recuerdos, recuerdos sustanciosos pero aletargados por la droga a los que de tanto en tanto volvía con la esperanza de demostrarse quién sabe que cosa: tal vez que no era en vano el estar disputándose la vida con la clase de personas con las que trataba, o tal vez algo más intimo, más informe, menos reconocible; tal vez algo que definiera qué papel seguir en el mundo, no había nada más profundo que aquello y Vilano lo sabía, conseguir aclararse algo como eso había postergado la plenitud en los millones de millones de personitas que habían, en cualquier tiempo, pisado la faz de la tierra. Para la mente drogada de Vilano no poder aclarar algo tan elemental daba cuenta del error en el que había caído la conciencia del hombre; no se producía cambio aunque los tiempos lo necesitasen, aunque Vilano lo necesitase no podía producir cambio en la aletargada ausencia de sentido que le convidaba el mundo y la existencia.

Satisfizo su vicio a manos llenas; Vilano obtuvo la certeza de haberse desprendido del suelo y de lo que el recordaba como realidad. Se desprendió del rango de visión de su anterior vida y concluyó haber encontrado el grial, la plenitud y el descanso; recordó cuando, a la edad de veintiún años prestó su nombre para un fraude financiero. El recuerdo le gustó y lo hizo ponerse bravo, enjundioso. Lo había hecho casi sin pensar, como de manera instintiva. Sabía que aquello podía haberlo arruinado desde un primer momento, pero no le importaba. Vilano sabía que su vida sería una sucesión de derrotas sin precedentes y no se tendía largas: quería que todo terminase lo más pronto posible, que su destino lo abordase de una vez y por todas, que no se anduviese con medias lenguas y que descargara con finitud su perra moledora. De la nada, Vilano, tendido sobre el suelo, no alcanzó a distinguir si su cuerpo estaba frío o caliente. Ja ja ja. No poder distinguir si la heroína le quema o le da escalofríos, pero si poder distinguir el conflicto de la existencia humana, ja ja ja, para reírse, para atacarse muerto de risa. Cómo hacer saber a Milano que el no haber llegado a nada era el indicio más sobrecogedor en la vida, ya como si se pensara asceta o un mal capitalista (ya que Milano pendía por el mundo entre uno y otro) pues de nada había partido, la droga le proporcionaba la asimilación necesaria para su cuerpo y ahora le producía una dependencia tal que desfallecería si no conseguía una buena dosis, pero eso de que le habría abierto las puertas de la percepción, ja, déjenselo para quienes crean en el santo dios y budú de la droga o en aquel otro, da lo mismo.




***

[1] Cuan lujoso había sido ese momento para él; de verdad inolvidable. Véase también: La aludueña vida del chico calamardo.
[2] Legitimar, legitimarse era en verdad una de las formas de arte más practicadas por él. Véase también: De los rencores mal infundados y peor refutados en la historia de Óttul.
[3] Las estaciones que abarcan este relato son: Cuitlhuac-Popotla con dirección a Taxqueña. Línea azul del transporte colectivo metro de la Ciudad de la Esperanza, México DF. en el día de Dios 12 de febrero del año de Dios en curso.
[4] Para nociones de partos dolorosos y ruegos cayendo en éxtasis ante dolor o terror véase: De los ahogados-muertos, menesterosos e infortunados, fandediados o empalados por la Santa Iglesia en la época de Juárez. O también: De la vida rastrera de los parias en el mandato de López Portillo. (Ambos recopilados y editados por el Colegio de México). En donde no sólo se encontrará un catálogo de las reprimendas más sádicas en contra de pecadores, ateos y lujuriosos, sino que se da también un recuento histórico de la caza santa en contra de bulímicas, anoréxicas y demás desequilibradas.Cabe también mencionar que la inoportuna madrecita de Roberto ha venido sufriendo de achaques en los ovarios que ha reconocido ser ocasionados por obra del mismo demonio que por las noches llega hasta su cama y se sube en ella y le tapa la boca y otras de sus aberturas, ¿sufre la menesterosa madrecita de Roberto? (no nos dejó indagar completamente, el registro de su declaración termina con brusquedad al hacerle esa pregunta).Cuando Roberto, habiendo cumplido catorce años, le dijo a su madre que quería conocer a su padre, ella le dio como respuesta una noche de vigilia a su lado (ella si estaba dormida), con la indicación de que al primer escozor o queja que ella reportase, el se lanzaría sobre ella con los brazos bien abiertos. Ella estuvo quejándose toda la noche y hasta muy entrada la madrugada, pero nunca se despertó ni por más vuelos camicaces que él hizo sobre su tullido cuerpo.Roberto nunca volvió a preguntar por la existencia de su padre.
[5] La maleta de la satisfacción. En una ocasión Vilano tuvo que dejarla en la paquetería de un centro comercial, pues se le olvidó que no podía entrar con ella. El problema estuvo cuando al tratar de recogerla, el mismo centro departamental estaba siendo injuriado por un grupo radical que se adjudicaba haber dinamitado la zona aledaña al comercio. Vilano tuvo que esperar el desalojo, la revisión y a que pasase la confusión después de haberse declarado ser sólo un alarma lo de los anarquistas esos.Cuando le fue regresado el portafolios por el equipo especial antibombas, Milano tuvo que declarar (y sobornar) ante (y al) juez de la pontificia ministerial sala de juzgados de la delegación Coyoacan México DF. De la que pudo salir con una pequeña donación, vital para el mantenimiento de los niños con dawn, o eso le dijeron cagados de la risa cuando se disponía, ya con el portafolios en las manos, a salir de la SCJ.
[6] Llevaba desde los veintisiete años metiéndose heroína; comenzó por lo básico, ya saben, un toque, un primo, unas inhaladas y (¿por que no?) se siguió con las inyectadas. Tenía el varo y la necesidad, así que no le fue difícil conectar o nectar (como se dice entre la morrada) ya saben, sin acento y tratando de dar el énfasis a la “n”, como si cuando la estuvieras diciendo ella no quisiera salir de ti y se te atorase entre los dientes y el paladar y con la “r” que de igual manera impedía desprenderse de tu boca, más esta sí, con un tono más agresivo, más prepotente.

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