jueves, 12 de noviembre de 2009


Se me acercó con el micrófono desenfundado y con su compañero el de la cámara pisándole los talones. Tan juntos, tan juntos que por un momento creí que se trataba de un solo sujeto, amorfo, claro, por que lo degenerados se les veía a leguas. Me preguntó el del micrófono:¿Quién es usted, elegante caballero? Maldita sea mi suerte, me dije o le dije, la verdad creo que hoy soy Ricardo Corazón de León. Alías el Prieto. Me cae que si llegas tantito después, me dejas pensar bien bien quien soy. Pero, bueno, estas aquí y para ti soy el Prieto. Trátame como si me odiaras. ¿Pero por qué habría de odiarlo, elegante señor? Este imbécil no entiende, me dije pero también dije para que lo escuchara. Sólo es promoción estúpido. Te lo digo para que cuando, por la noche, después de que te hayas tomado tu lechita caliente y comido ese biscocho relleno de natilla sabor canela y estés ya en la camita, dispuesto a dormirte, me recuerdes. Digas, ah que Prieto tan galante, por que no puedo llegar a ser él. ¡Que elegancia! ¡Que distinción! ¡Hombre, Dios, si yo fuera él dedicaría toda mi vida a causas nobles! ¿O qué si no podría hacer con ese porte? Maldito perro sabandija, deja de apuntarme con eso, le dije al de la cámara que no encendía aún la grabación pero ya tenía el ojo del aparato sobre mi cara. Ayer eras una perra pareando mellizos y hoy te atreves a levantar tu mirada ante mi. ¡Sabandija!

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