domingo, 14 de febrero de 2010

Ayer, caminaba por la Nápoles después de entregar un pedido importante de cocaína. Acababa de cruzar Filadelfia y llegaba a Texas cuando me di cuenta de que una patrulla esperaba a que cruzara. Será muy amable de su parte si como verdadero ciudadano sólo me cede el paso. Imposible. Nadie, en el mundo cuerdo, permite perderse la oportunidad de echar a perder una vida. Nadie en su sano juicio dejaría pasar la oportunidad de enrolarse con un desgraciador de vidas. A todos, sean o no police les sale la vena heroica cuando tienen de frente a un tipo como yo. Quise que todo terminase rápido, así que cuando confirmé que me querían, tomé la Colt 45 de mi espalda y disparé contra la unidad a menos de tres metros de distancia…

lunes, 8 de febrero de 2010

sábado, 6 de febrero de 2010

Cada vez que abro una ventana me parece que puedo dar algo nuevo. Patrañas. Al mismo momento otra vocecilla crece desde lo remoto y dice: jamás. No me perplejo, sé que nada podría haber sucedido, que nada tenía por qué pasar. Mucho menos si en verdad lo deseaba. He aprendido a dejar de creer que puedo concretar una imagen, por más recurrencia que tenga en mi cabeza.

Pero que sucede que hoy fui todo un desastre. Buscando compañía me senté con la risa de la insuficiencia. Rompí con mi silencio, abogue cóleras fingidas y rodé cuesta bajo con un puritano que se cree padrino de Baudelaire. ¡Qué fastidio! ¡Qué ruego! Aquel del que no se habla pero que translucen mis ojos. Una rosa desflorada, lanzada al suelo en un terrible gesto de rabia. ¿Pero qué provocaba ese gesto? Lo incomprensible, lo incomunicable. Como el cristal de una botella lanzada por hastío a la puta que se vende en el semáforo de una oscura callejuela. ¡Y tú cubriéndote el rostro y tu cabeza a fin de no encontrarme! Soledad, búsqueda, martirio. Todo imaginario. Todo como un mundo de percepciones aparte. Vuelta a la tuerca y todo se tensa. El crujido del conjunto. Los rostros de conocidos que se alejan buscando el calor de la compañía en otros brazos que no son los míos. Rabia, impotencia. Desahogo y lástima. Mis ropas empeñadas en conducirme con seguridad ante una sonrisa tentadora: ¡Pero qué miras! No queda mucho fuego pues he soplado demasiado fuerte y por poco sólo quedan las cenizas. ¡Y sigo soplando! ¡Qué rabia! ¡Qué impotencia! Mi propio martirio aguzado a cualquier recuerdo, cualquiera en cualquier momento se vuelve melancolía. Un abrazo sin el destinatario perfecto.
¡Vaya que los deseos infunden gracia a la vida! Para la mujer de la que te hablé atrás, que una mano entrelazada infantilmente en los dedos de alguien que no es ella ni aquella otra que la acompaña calles atrás, suena como requinteos de una mala nota de punk rock.
Pero qué pasa que todas estas luces restan emoción, la emoción de lo desconcertante, aquellas sílabas agrupadas retóricamente buscando el entendimiento en lo desconocido. Y unos pies que ya sin calor vagan por frías calles de asfalto. Y una mirada que cuasi atenta se pierde por la luminosidad de los anuncios que ganan en peligrosidad el temor de lo desolado pues confunden y extravían los pensamientos.