Cada vez que abro una ventana me parece que puedo dar algo nuevo. Patrañas. Al mismo momento otra vocecilla crece desde lo remoto y dice: jamás. No me perplejo, sé que nada podría haber sucedido, que nada tenía por qué pasar. Mucho menos si en verdad lo deseaba. He aprendido a dejar de creer que puedo concretar una imagen, por más recurrencia que tenga en mi cabeza.
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